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Gasoducto sur: la promesa vuelve y el mercado compra apuro

CCarlos Méndez
··6 min de lectura·gasoductogasoducto sur peruanoperuano
El Ministro de Defensa, Jakke Valakivi, acompañado por el Jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, Almirante Jo

La frase de esta semana no es nueva. Ya sonó antes: “se destraba”, “se encamina”, “ahora sí”. Este sábado 18 de abril de 2026, el gasoducto sur peruano vuelve a meterse en el centro del debate y, a mí me sale una lectura bastante seca: pesa más el patrón de siempre que el entusiasmo oficial. En Perú, los megaproyectos no se hunden por falta de discurso; se atascan por trámite, arbitraje, vaivén político y diseño flojo. Eso pesa. Se repite.

Crónica de un déjà vu

José Balcázar ha dicho que el proyecto probablemente se destrabe esta semana. Y esa palabra importa: probablemente. No es una firma. No es una adjudicación. No es un cierre financiero. Es, más bien, una promesa política de corto aliento sobre una obra que lleva más de una década cargando ruido, tropiezos y expectativa acumulada; y cuando un expediente así vuelve al radar público, porque vuelve cada cierto tiempo, el primer error suele ser confundir anuncio con avance de verdad.

El dato duro está atrás, no en el titular de turno. El contrato original del Gasoducto Sur Peruano se adjudicó en 2014. Dos años después, en enero de 2017, el proyecto fue resuelto. Entre una fecha y otra no hubo gas corriendo hacia el sur; hubo controversia, parálisis y un costo enorme para regiones que todavía esperan infraestructura, como si el tiempo no hubiera pasado, aunque sí pasó y bastante. Han transcurrido 12 años desde la adjudicación inicial y 9 desde la caída formal del esquema previo. Esa cronología no da para romanticismos.

Tuberías industriales en una zona de obra de gran escala
Tuberías industriales en una zona de obra de gran escala

Lo que dice el historial

Históricamente, el libreto peruano con obras grandes tiene tres estaciones: anuncio ruidoso, mesa técnica, frenazo. A veces ni siquiera van en ese orden. El gasoducto no inventó esa secuencia; la arrastra. Cambian ministros. Cambia la etiqueta administrativa. Cambian los voceros. La mala inercia queda. Y bueno, el mercado político repite “esta vez hay voluntad”, pero yo no compro eso tan rápido.

Basta revisar el archivo reciente. Desde 2017 hubo varios intentos de reencauzar el proyecto con otro nombre o bajo una estructura nueva, y ninguno consiguió convertir la urgencia pública en ejecución sostenida, que es al final donde se separa el discurso del trabajo real. La repetición es el mensaje. Raro, pero claro. Si algo viene fallando en ciclos de 2, 3 o 4 años, asumir que ahora saldrá limpio en cuestión de días se parece demasiado a comprar una rifa con premio imaginario.

Hay un detalle incómodo. En el Perú, el sur entra a campaña como deuda pendiente y sale de la agenda apenas aparecen otros incendios. Cusco, Arequipa, Moquegua, Puno: la promesa energética sirve para la tribuna, pero el expediente real avanza con botas de cemento. Suena áspero. Lo es.

Voces, señales y lo que sí mueve percepción

Las declaraciones oficiales buscan evitar otra crisis energética. Ese argumento tiene sentido político, claro, porque el miedo ordena la conversación y empuja la urgencia, pero una cosa es advertir un riesgo y otra, muy distinta, resolver un proyecto de esta magnitud en una semana, como si estudios, esquema legal, financiamiento, permisos y eventuales arbitrajes fueran piezas menores. No da. Hablar de destrabe exprés es como anunciar un penal antes de pisar el área.

Aquí entra el ángulo de apuestas, incluso en un asunto que no es deportivo. En los mercados de expectativa, la gente suele sobrecomprar inmediatez. Pasa con una candidatura. Pasa con una reforma. Pasa también con una obra. Si existiera una cuota binaria entre “anuncio esta semana” y “obra realmente encaminada en 2026”, el valor histórico estaría del lado escéptico, no por pose ni por ganas de llevar la contra, sino por archivo puro y duro. En proyectos estatales peruanos, el primer sí suele valer menos que un empate sin goles en Matute: mete bulla, sí, pero no define nada.

Comparación con otros ciclos peruanos

La repetición no está solo en el gasoducto. Está en la mecánica del Estado. Se promete una salida rápida cuando la presión social aprieta; luego aparece la letra menuda, después la traba, después otra traba, y el entusiasmo se pincha. Ya pasó con concesiones, con obras viales, con planes energéticos y con reingenierías vendidas como punto de quiebre. El país, qué duda cabe no, es especialista en rebautizar retrasos.

Visto así, el patrón histórico pesa más que el titular del fin de semana. En 2014 hubo adjudicación. En 2017, caída. En 2026 seguimos discutiendo el arranque. Tres fechas. La misma foto. Perú acelera en la conferencia y frena en la carpeta. Y al que invierte, al que produce y al que consume, esa costumbre ya le costó demasiado.

Reunión de funcionarios revisando documentos de infraestructura
Reunión de funcionarios revisando documentos de infraestructura

Mercados afectados: expectativa, energía y lectura fría

No hablo de una casa de apuestas literal para este tema. Hablo de lógica de mercado. Cada vez que el Gobierno sugiere un avance inminente, suben las expectativas de inversión, de abastecimiento y de estabilidad para el sur. El problema es que esa subida suele ser emocional, no operativa. Si se compra humo institucional varias veces seguidas, la prima de confianza termina rota. Rota de verdad.

Para quien mira esto con mentalidad de apostador serio, la jugada no está en perseguir el titular del sábado. Está en esperar hitos verificables: marco contractual definido, cronograma público, adjudicación firme, cierre financiero y fechas auditables; porque, a ver, cómo lo explico, menos de eso sigue siendo narración aunque suene técnica, solemne o urgente. Menos de eso es narración. Y la narración, en Perú, suele pagar mal.

Hasta BetGuia haría bien en tratar este tipo de fiebre con la misma cautela que una cuota inflada antes del pitazo: cuando todos corren hacia la misma promesa, normalmente llegan tarde.

Lo que viene

Mañana o este martes puede aparecer otro anuncio. Puede haber comisión, conferencia, foto y una nueva palabra de moda. Nada de eso mueve la lección del historial. El gasoducto sur peruano no necesita otra semana grandilocuente; necesita romper una secuencia de 12 años en la que la expectativa, una y otra vez, termina ganándole a la ejecución.

Mi cierre va por ahí. No veo un punto de inflexión. Veo repetición. Y cuando un país repite tanto el mismo libreto, apostar por el giro dramático deja de ser audacia. Pasa a ser ingenuidad.

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